El mensaje duraba cuarenta y tres segundos. Lucía lo sabía porque había abierto la conversación muchas veces, aunque nunca se animaba a darle al botón de reproducción. Su madre lo había enviado el martes. El jueves ingresó en el hospital. El domingo murió. Durante meses, Lucía sintió que escuchar aquel audio significaría despedirse una vez más.
Lo abrió una tarde de lluvia, mientras buscaba un recibo en el teléfono. No se preparó. No encendió una vela. Estaba sentada en el suelo, junto a una caja de documentos, y tenía las manos manchadas de polvo.
La voz de su madre comenzó con un pequeño ruido de platos. «Mija, cuando vengas, acuérdate de traerme el frasco azul que dejé en tu casa. Y, si puedes, pasa por donde Ramón. Hace días que no abre la ventana. No hace falta que lleves nada. Siéntate un ratito.»
Lucía esperaba unas palabras solemnes. Una frase que pudiera escribir en una libreta. Encontró, en cambio, un encargo doméstico y la preocupación por un vecino. Se rio y lloró al mismo tiempo. Su madre había sido así: capaz de olvidar dónde dejaba un frasco y recordar cuándo otra persona llevaba demasiado tiempo sola.
Buscó el recipiente azul en su cocina. Dentro había botones de todos los tamaños. Lo llevó a la casa de su madre y, antes de volver, se detuvo frente a la puerta de Ramón. Él tardó en abrir. Cuando la reconoció, preguntó si necesitaba ayuda con algún arreglo.
—Vine a sentarme un ratito —respondió Lucía.
Ramón hizo café. Le contó que su esposa había muerto el año anterior y que su madre lo visitaba los miércoles. A veces hablaban. A veces miraban televisión sin comentar nada. Él pensó que, después del entierro, nadie volvería a llamar a su puerta.
Lucía no prometió visitarlo cada semana. Todavía había días en que salir de la cama le costaba mucho. Le dijo que quería volver cuando pudiera y le dejó su número. Ramón le mostró una silla rota que llevaba meses intentando reparar. Ella recordó que su madre siempre decía que aquel hombre arreglaba todo, excepto lo suyo.
En las semanas siguientes se vieron varias veces. Ramón reparó la silla con una pieza que Lucía encontró en una ferretería. Ella aprendió a preparar el café sin llenarlo de azúcar. Hablaron de sus pérdidas y de otras cosas: una película, una planta que no florecía, el ruido de una motocicleta que pasaba todas las tardes.
Una noche Ramón llamó para avisar que había dejado un paquete para ella con la vecina. Dentro estaba el frasco azul, lleno de galletas. En una nota había escrito: «Tu mamá siempre me devolvía los recipientes con algo dentro.»
Lucía guardó el audio en dos lugares para no perderlo. Ya no lo escuchaba buscando una última lección. Lo escuchaba para reconocer la voz, los platos y aquella forma de decir su nombre. El dolor no desapareció. Pero había encontrado una pequeña puerta por la que todavía entraba compañía.

