El apartamento estaba casi vacío cuando Diego encontró la cafetera. Marta había guardado las tazas en una caja marcada como «cocina», pero dejó dos vasos junto al fregadero. Después de ocho años juntos, iban a separarse. Habían repartido los muebles con más facilidad que las palabras.
Diego preparó café y preguntó si ella tenía diez minutos. Marta miró el reloj. El camión de mudanza llegaría en una hora. Se sentaron en el suelo, donde antes había estado el sofá.
No discutieron sobre quién se quedaría con las cortinas. Tampoco hicieron una lista de errores. Diego dijo que había confundido estar presente con estar disponible. Llegaba a casa, respondía correos y pensaba que compartir una habitación era compartir la vida. Marta confesó que se había acostumbrado a decir «no importa» cuando sí importaba, hasta que empezó a sentir que él debería adivinarlo todo.
Se habían querido. Ninguno necesitaba negar eso para reconocer que llevaban años haciéndose daño con pequeñas ausencias. El cansancio había convertido cada petición en una acusación y cada respuesta en una defensa.
—¿Por qué podemos hablar ahora? —preguntó Marta.
Diego tardó en responder. Tal vez porque ya no estaban intentando ganar una discusión. Tal vez porque el apartamento vacío les había quitado los lugares donde esconderse: el escritorio, la cocina, la televisión encendida.
Marta le contó que había aceptado un trabajo en otra ciudad. No se lo había dicho antes porque no quería que pareciera una amenaza. Diego sintió tristeza y alivio al mismo tiempo. Él también había empezado a imaginar una vida diferente, aunque le daba culpa reconocerlo.
Durante un instante pensaron en cancelar la mudanza. Habían conversado mejor en media hora que en los últimos seis meses. Luego Marta miró las cajas y negó con suavidad.
—No quiero que una conversación bonita nos haga olvidar todas las que todavía necesitamos tener con nosotros mismos.
Diego entendió. Pedirse otra oportunidad por miedo al silencio sería repetir el mismo comienzo con distinto decorado. Acordaron mantener distancia durante un tiempo y resolver por escrito los asuntos pendientes. No prometieron ser mejores amigos. Se prometieron ser respetuosos.
Cuando llegaron los encargados de la mudanza, Diego ayudó a bajar las cajas. Marta volvió una última vez a comprobar los armarios. Encontró una cucharita detrás de la cafetera y la puso en el bolsillo. No era un símbolo. Solo había quedado allí.
En la puerta, él le preguntó si quería llevarse la cafetera. Marta respondió que no, que compraría una pequeña para su nuevo apartamento. Se abrazaron y ella se marchó.
Esa noche Diego limpió los vasos. Marta llegó a su nueva habitación y llamó a su hermana. Ninguno estaba feliz todavía. Tampoco pensaron que debían estarlo. Habían terminado una relación sin convertir todo lo vivido en una mentira.
Meses después, Marta encontró la cucharita en una chaqueta. La usó para remover su café. Recordó aquel último encuentro sin desear regresar al apartamento. Algunas despedidas no cierran la puerta de golpe. La cierran con cuidado, para que lo bueno pueda quedarse dentro del recuerdo.

